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Artículo

Enemigos naturales.


Por Valeria Elizabeth Nerpiti (*)
info@estudionerpiti.com.ar

Cuando Pedro de Mendoza en 1536 y Juan de Garay en 1580 fundan la ciudad de la Trinidad, Santa María de los Buenos Aires, que ya en aquellos tiempos también se tendía a abreviar y por ello quedó Buenos Aires, no pensaron en conflictos entre vecinos, menos aún cuando distribuyeron las tierras según la cuadrícula que ordenaban las Leyes de Indias.

En el siglo XVII las casas ocupaban amplios espacios en los solares (cuarto de manzana) que habían sido otorgados; en ellos se desarrollaban, además, actividades semi-rurales. Pero la creciente situación demográfica fue expeliendo este tipo de uso del suelo hacia la periferia, estando ésta ubicada cada vez más lejos del centro de la Ciudad.

El nivel económico y social diferenciaba las viviendas, pero el tipo de casa “romana” o “pompeyana” que heredamos de las experiencias de nuestros fundadores era igual para todos.

El enigmático paso del tiempo hizo que Vélez Sarfield, quien dictó nuestro actual Código Civil a su hija Aurelia en su quinta de Buenos Aires (hoy Hospital Italiano) le preocupaba bastante el aumento de la población que provocaba el crecimiento edilicio y conflictivo en la zona.

Las grandes fincas se subdividían y los campos alejados comenzaban a ser habitados; para mantener una organización Vélez norma en su art. 2725 cómo deberán realizarse los muros divisorios de fincas: “El que en los pueblos o en sus arrabales edifica primero en un lugar aún no cerrado entre paredes, puede asentar la mitad de la pared que construya sobre el terreno del vecino, con tal que la pared sea de piedra o de ladrillo hasta la altura de tres metros, y su espesor entero no exceda de dieciocho pulgadas”.
Mientras que en el art. 2742 respecto de los cercos vivos dice: “...Cuando uno de las heredades está sin cerco alguno, el dueño de ella no está obligado a contribuir para las paredes, fosos o cercos divisorios”.

Los árboles eran preexistentes al trazado de la ciudad y por aquello de no modificar la costumbre de pasar las tardes en los patios de las casas, bajo la sombra de un frondoso árbol, éstos no sólo no se tocarían sino que, además, se incrementaría la plantación de los mismos.

Desde entonces hasta hoy, el simple “hecho” de plantar un árbol no representa para nadie un hecho posible de tener consecuencia jurídica, sin embargo cuando aflora el conflicto, éste simple hecho se convierte en un “hecho jurídico” normado en el Código Civil.

Los árboles y su ubicación han sido motivo de conflicto, tal es así que el artículo 2745 lo tiene en cuenta expresando: “Los árboles existentes en cercos o zanjas medianeras, se presume que son también medianeros, y cada uno de los condóminos podrá exigir que sean arrancados si le causaren perjuicios...”
Los amantes de la ecología han tratado de declarar “monumento histórico” a cada árbol conflictivo cercano a un muro divisorio, para que no lo obliguen a cortarlo o sacarlo.
Lo importante es que, siempre hay algún árbol considerado “molesto” por el propietario de alguna de las fincas vecinas.

El Código Civil en el artículo 2628 establece cuáles serán las distancias mínimas de separación para árboles y arbustos: “El propietario de una heredad no puede tener en ella árboles sino a distancia de tres metros de la línea divisoria con el vecino, sea la propiedad de éste predio rústico o urbano, esté o no cercado, o aunque sean ambas heredades de bosques. Arbustos no pueden tenerse sino a distancia de un metro”.

Es necesario tener en cuenta que al momento de comprar u obtener un ejemplar, de determinada especie, para ser plantado, debe investigarse si realmente se trata de un árbol o un arbusto, muchas son las especies que a simple vista parecen árboles pero que científicamente son arbustos o viceversa; por tanto su ubicación cambiará radicalmente.

Si bien lo normado parece indicar que la distancia debería ser tomada del eje divisorio de predio al centro del diámetro del tronco, en la práctica no es tan sencillo; con el transcurso de los años los diámetros aumentan y aunque el centro esté a 3 M o 1 M igual causan daño; el crecimiento puede ser totalmente diferente al pensado ocasionando con sus ramas, tronco y raíces hasta la ruina total de las construcciones en fincas linderas o propia.

Es sabido que el consumo masivo, la moda y la falta de información de un especialista en la materia hacen que la mayoría de la gente plante cualquier cosa en cualquier lugar, olvidando que una planta no solo crece hacia arriba sino también hacia abajo y que sus raíces son los enemigos naturales más poderosos que tienen todas las construcciones.
Siempre “lo cercano se aleja” (Goethe).

 

(*) Abogada, Arquitecta y Artista Plástica. Coautora de los libros “Arquitectura Legal Las Respuestas” y “Opus Jodex”.

Derecho y Arquitectura Integral

ESTUDIO
NERPITI & FERRANDEZ

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